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Provocación

jueves, 18 de marzo de 2010

Las noches en Madrid continúan siendo frías, así que decido ponerme las medias bajo la falta corta cuando salimos a tomarnos algo.


Entramos en nuestro pub favorito. Hay bastante gente, como corresponde a una noche de sábado. Me quito la chaqueta mientras tú pides nuestras bebidas y como no queda una sola silla libre nos apoyamos en la barra.

Sonrío cuando tus ojos se posan en el escote de mi camiseta de licra, completamente ceñida a mi cuerpo. Acercas tu boca a mi oído para decirme lo guapa que estoy y uno de tus dedos roza mi pezón que se endurece inmediatamente al sentir tu contacto. Sabes que no llevo ropa interior pues esta camiseta es muy ajustada, aunque no te hace falta saberlo porque en este momento es claramente visible.

Ahora eres tú el que sonríes al ver que me turba ligeramente la situación; te gusta jugar, te gusta provocarme cuando hay gente a nuestro alrededor. Pero a mi también me gusta jugar y me pego a ti, mis caderas contra las tuyas, mis manos volando hacia tu sexo, tan solo un momento.

Tú te remueves inquieto y un ligero rubor asoma a tus mejillas. Yo sé que tú no te sientes violento en estas situaciones, sino que te excitan, así que sé que el color que asoma en tu rostro, se debe al movimiento que acabo de efectuar.

Vuelves a acercarte a mi oído y empiezas a contarme como te gusta el sabor de mi sexo, como te gusta que tu lengua resbale por él mientras mi creciente humedad te habla de la excitación que voy sintiendo, cuanto disfrutas al sentir su suavidad en tus dedos. Tu mano se cierra en torno a uno de mis pechos y yo me aparto con el pulso latiendo a toda velocidad.

Pero tú no puedes quedarte quieto. Ahora es tu otra mano la que se introduce entre la barra y mi cuerpo y me empiezas a subir la falta lentamente. Tus manos por mis muslos y el borde de mis medias, por mis caderas para acabar descubriendo que la ausencia de ropa interior no se limita tan sólo a mi pecho. Me gusta ver las expresiones que se reflejan en tu cara: primero una ligera perplejidad, luego reconocimiento para acabar con una ligera sonrisa en tu boca.

- ¿Se te ha olvidado algo?

- Puff. Ya sabes lo despistada que soy.

- Me gusta -. Tu mano se adentra entre mis muslos. - Me gusta- repites.

- Nos pueden ver

- Lo sé - dices mientras introduces uno de tus dedos entre mis labios y acallas las protestas de mis otros labios con tu boca. Intensos cosquilleos recorren mi sexo al compás de los círculos que traza tu dedo y todo mi cuerpo se estremece. Mi mano se posa un momento en ti y me gusta lo que noto, lo que siento.

Te apartas y das un sorbo a tu bebida. Me has dejado estremecida, temblorosa y deseando más, mucho más. Se te ve tranquilo y relajado, aunque yo sé que no lo estás.

Bebemos.

Nos miramos.

Sonreímos.

Te cojo tu mano y me llevo tu dedo a mi boca para lamerlo ligeramente mientras miro tus ojos. Tu piel me devuelve mi propio sabor. Acercas tu cara a la mía

- Yo también quiero saborearte y me apetece muchísimo ir a mojarme . ¿Vamos?

Y claro, tal y como yo tenia el cuerpo ¿cómo podía negarme ante tal petición?



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Secretaria.

domingo, 10 de enero de 2010




Tu café de la mañana. Te observo de reojo como todos los días, estas perfectamente vestido, como siempre. Y con ese aire de superioridad que me encanta.

Cierro la puerta, me acerco a tu escritorio, pongo la pequeña taza sobre el, y me dispongo a salir del lugar en forma silenciosa, tal como lo hiciera al entrar.

Pero no, hoy no saldré tan fácilmente de aquí. Me retienes por el brazo, con fuerzas pero sin hacerme daño, con una mueca silenciosa me informas que debo esperar, estas al teléfono, pero no quieres que salga aun del lugar. Tendrá algo que decirme, pienso.

Cuelgas el aparato, y comienzas a observarme, a recorrerme de arriba abajo con esa mirada que me encanta, que en este momento consigue sonrojarme.

Acércate, me dices con voz suave, tengo algo para ti. Y desde esa silla, tu aun sentado en ella y yo de pie frente a ti, comienzo a sentir tus manos que recorren mis piernas, acariciándolas con
suavidad, mientras comienzo a sentir las respuestas de mi cuerpo a ese estimulo. Intento controlarme pero me es imposible y un pequeño gemido se escapa de mi garganta.

Te gusto, dijiste. Aun hay más pequeña, acércate más, que te mostrare que tengo para ti.

Y yo me acerco, como tú dices, mientras tú liberas un espacio de la mesa para tumbarme en ella…no sin antes quitar mi blusa y mi sostén para recibir mis pechos y comenzar a besarlos, mientras tu mano busca mi sexo anhelante de ti…


Me trasladas con un rápido movimiento al borde del escritorio, y entras en mi cuerpo, ese cuerpo que te viene deseando desde hace meses, y al que por fin has decidido entregarle placer, follandome como lo había soñado, con esa delicadeza y esa fuerza tan perfectamente mezcladas.

Tus manos juegan con mis pechos, los estiran, los acarician, yo entretanto me abrazo a tu cuello. Bajo a tu espalda la araño suavemente, para comenzar a moverme junto contigo. Quería
llegar junto contigo al cielo. Entre esos movimientos sentí tu cuerpo tensarse, ya esta, los dos juntos tocamos las estrellas, mientras mis oídos se inundaban con ese grito nuestro de placer.





El sonido del teléfono me devolvió a la realidad, ahí estaba yo, de pie, con esos informes en mis manos, con mis ojos pegados en el vaho que desprendía esa aun caliente taza de café.

Me sonreí al advertir que fue todo una fantasía, mientras tú retirabas de mis manos los informes que esperabas, rozando levemente dos de mis dedos.

Esta muy guapa hoy, dijiste…alguna cita?.
Los colores invadieron mis mejillas nuevamente.
Le pasa algo, preguntaste.
No señor, todo perfecto, respondí, mientras me retiraba de esa oficina cerrando la puerta y respirando agitada aun por aquel encuentro forjado en mi imaginación.



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sábado, 2 de enero de 2010




Ni a ti ni a mi nos apetece estar sentados a esta mesa. Obligaciones de trabajo. Aburridas caras y conversaciones aburridas sobre cosas caras. En una tregua que te ofrecen las respuestas obligadas, rozas mi pierna y recuerdas como me vestías horas antes. Por fuera sabes que me visto para otros. Pero por dentro me visto para ti.

"Me gusta la lenceria que llevas siempre ", me dices en voz baja.

Te sonrio, entre sonrojada y pícara. Al cabo de un momento, te vuelvo a mirar, pero ya no
estoy sonrojada. Me levanto y te digo que voy a retocame un poco. Te quedas como los de Custer rodeado por los indios.

Suena tu móvil. Un mensaje. Te extraña, el mensaje es mio. Y el mensaje es de una sóla palabra: ven.

Y no puedes dejarme sin respuesta, asi que te levantas , porque este tipo de mensajes a ti te gusta responderlos en persona. Los baños están un poco retirados de la mesa que ocupamos. Bajas las escaleras y te dirijes al baño de señoras. Sabes que está vacio, me buscas. Hay una puerta entreabierta, al final.Estas excitado, y eso es porque me conoces. Cuando entras , no hablo, sólo sonrio y dirijo mis manos a tu pantalón, desabrochándolo. Cierras la puerta tras de ti, y yo cierro mis manos en torno a tu sexo.



Acaricias mi pelo , al que llegas a duras penas. Me acerco y mi lengua te roza.

Tenemos prisa, te beso urgente.

Tienes que hacer esfuerzos por no hacer ruido, pero la verdad es que podríamos estar en medio de un estadio y te daría lo mismo porque eres absolutamente esclavo de los movimientos que mis labios realizan en la piel de tu sexo.

Tardo un poco en conseguir que tiembles , que tengas que apoyarte para volver a la realidad de un baño de señoras y mis ojos sonriendo apoyados en los tuyos.


Al salir apresurados, como en una mala película de comandos, ha dejado de importarnos el aburrimiento de la cena, porque ambos sabemos perfectamente cual va a ser tu postre.





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En la madriguera del lobo

domingo, 13 de diciembre de 2009




Llevaba tiempo en aquella ciudad del norte de España.

Su trabajo en la había llevado hasta allí. Nuevas amistades, independencia familiar, incluso aquella nueva experiencia de vida en pareja por la que estaba pasando.

Pero en cierto modo, como siempre suele sucederle al ser humano, añoraba aquella situación de antaño, en algunas facetas.

La vida con sus padres, la comodidad que ello representaba bajo el punto de vista de responsabilidades…Incluso echaba en falta a Jesús, aquellas situaciones en las que a ella gustaba de poner a su vecino.

Todavía hablaba con él, en muchas ocasiones a través del msn, y le excitaba siempre ponerle al límite.

Por eso, en aquella ocasión en que le había dicho:

-“por qué no vienes a verme alguna vez?”- se sorprendió cuando le escribió:

-“reserva un hotel, que voy el jueves para pasar la noche contigo”-

Se vistió provocativa para la ocasión. Un camiseta roja, con alegre dibujo en su pecho, braguitas y tanga del mismo color, encima una suave blusa de gasa negra, con aberturas en sus brazos, y una estrecha y diminuta falda de color también negro, que más parecía un cinturón ancho que otra cosas. Si bien, el cinturón era plateado, igual que el bolso y los zapatos.

Se miraba al espejo, coqueta, y ella misma se sentía satisfecha del resultado. Aún se corrigió el atuendo, antes de acudir a la cita, colocándose unas medias negras, pero semi-transparentes, que realzaban sus esbeltas prendas.

Mientras acababa de vestirse, y aguardaba que su pareja se fuese al trabajo de turno de noche, recibió aquel mensaje que le hizo latir más aceleradamente el corazón:

-“habitación 304, aquí está tu lobo, en la madriguera”-



Cuando bajó del taxi y atravesó el hall, su cuerpo, contorneándose al andar recibió las miradas codiciosas y admiradas de quienes en aquel momento estaban en él. Cogió el ascensor, decidida, sin detenerse, y pulsó el 3. Mientras subía una corriente de excitación sintió que le invadía todo el cuerpo.

Se detuvo en la puerta, 304. Con los nudillos golpeó suavemente la hoja, y, casi al instante apareció en el dintel Jesús, aquel hombre maduro que la había despertado a la sexualidad.

Jesús llevaba horas en la habitación, en aquella madriguera. Su avión había llegado hacia tiempo, pero había pasado toda aquella espera preparando con esmero la escena: la luz pequeña de la mesita iluminaba la estancia, el ordenador con música romántica endulzaba el ambiente, encima de la mesa-escritorio, la botella de cava y esas dos copas de plástico, y unos trocitos de quesos selectos. Todavía recordaba con que codicia ella iba a su casa, corría a sentarse en su regazo, y degustaba aquellos trozos de queso que a Jesús le gustaba tomar, con una copa de buen vino al regreso de su jornada laboral.


Atravesó la puerta y casi al instante se fundieron en un apasionado abrazo, en un sin vivir de manos recorriéndose, en una avatar de suspiros, de caricias. El fuego ardía en sus cuerpos.
Ella se sintió empujada contra la pared, notando como Jesús la volteaba, y arrambaba su cuerpo, como se clavaba su miembro en sus nalgas, en tanto que sus manos se introducían por debajo de la diminuta falda, palpándola. Ella apoyó sus manos en la pared, un poco hacia arriba, en pose sumisa, le gustaba sentirse así. Solo ladeó la cara, para poder ver el rostro de aquel hombre, encendido, ardiente, que buscaba ansiosamente sus labios y le susurraba palabras mezcladas
de fuego, y de obscenidad.

Cuanto le gustaba aquella sensación, aquellas palabras. Qué bien se sentía, sabiéndose prisionera de aquel hombre maduro.


Jesús le sacó precipitadamente el bolso y lo lanzó sobre la cama, la abrazó, sin dejar ambos de besarse, de comerse los labios mutuamente, mientras avanzaban con pasos torpes hacia la única silla que había en la habitación.

Jesús se sentó, quedando su boca a la altura de su sexo. Introdujo sus manos por debajo de la falda y buscó con pericia el borde de los panty.

Entre nervios y gestos, la chica se desproveyó de las medias, y dejó que Jesús, le acariciase el sexo por encima de aquel diminuto tanga rojo, que palpase sus nalgas desnudas, mientras acercaba su boca y con los dientes se abría camino desplazando aquella fina tela.




Aquella lengua masculina ya recorría su sexo, con aquella destreza que tanta excitación le producía. Sus manos, como antaño, se enredaron en aquellos cabellos plateados, masajeándolos y apretando la cabeza de “sus Jesús” contra su cuerpo. Sentía llegar su primer orgasmo.

La música de “Il divo” envolvía la escena.

Cuando ella se vio empujada a la cama no ofreció resistencia alguna: tantas veces le había llevado a él a las situaciones que ella le había decidido provocar, que ahora se sentía cómoda dejándose llevar por sus deseos.

Con suavidad la desposeyó del escueto tanga, y tendida, lateralmente en la cama, empezó a ver como Jesús se desvestía, como se sacaba el pantalón, y aparecía aquel bóxer blanco, muy abultado frontalmente.

Jesús se lo bajó lo suficiente para que apareciera en todo su esplendor aquel miembro erecto con el que ella había jugado tantas veces.

Poco a poco, sintió como se introducía en sus adentros, después de haber abierto sus piernas y de haberse arrugado toda la falda en su cintura. Entraba vigoroso, desafiante. Retrocedía ligeramente y volvía a entrar algo más profundo: ambos estaban alcanzando la gloria.

Jesús cogió sus piernas, largas, finas, esbeltas, y se las apoyó en los hombros, y se clavaba con fuerza, lanzando suspiros a cada embestida. Ella agitaba su cabeza hacia los lados, cerraba los ojos, los entreabría y contemplaba con deleite ese rostro ardiente que la devoraba justo enfrente.
Cuando sus gemidos denotaron su segundo y prolongado orgasmo, Jesús se salió de sus adentros.
La miraba de pie, enfrente, mientras ella se sonreía. Él seguía tocándose para mantener su erección.


Fue entonces cuando la chica se incorporó y tomó la iniciativa. Sentada en el borde de la cama lo atrajo hacia sí, cogiéndolo por las piernas y empezó con sus delicadas manos, a acariciarle el miembro: Sus dedos sabían perfectamente cómo hacerlo, sus ojos le miraban con una mirada
de entrega, de sumisión. Jesús suspiraba, echaba la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos mientras exhalaba alguna palabra. Los labios y la lengua le empezaron a besar y a recorrer aquel tronco, aquella punta, con esmerada sensualidad.

Después de ello, todavía se enfrascaron en un apasionado revolcón por la cama, en el que ella fue sometida a constantes roces pretos, de aquel miembro en sus nalgas, en sus muslos, hasta que Jesús atinó a, situado detrás de ella, levantarle una pierna e introducírselo de nuevo en su sexo húmedo, y ansioso.

La música les siguió acompañando cuando, agotados por la pasión, decidieron tomar buena cuenta de aquellos trozos de queso, y los regaron con el cava.

Sonrisas, miradas, relatos, recuerdos, todo en animada charla, le dieron un toque distinto a aquel “intermedio”.

Abrazados y tendidos en la cama siguieron por un tiempo, ella con la cabeza apoyada en el torso desnudo de Jesús. Hasta que decidieron volver a unirse, a culminar el encuentro.

Así fue como Jesús, de nuevo la poseyó. Esta vez con una almohada debajo de sus nalgas, para elevarla un poco más, y de nuevo con sus piernas ya apoyadas en sus hombros, presionando fuerte, embistiéndola, soltando palabras mezcladas con suspiros en cada impulso, hasta que los gritos de ambos certificaron la llegada a la cúspide. sintió el choque de aquel fluido, semi-caliente, chocar contra las paredes de su sexo y se derramó en un orgasmo largo y
sostenido, que le hacía apretar los dientes hasta casi dolerle.

Cuando fue el momento de marcharse hacia su casa, ella sintió que le invadía una sensación extraña. Estaba tan bien en aquella “madriguera” con su lobo añejo, que no se hubiera ido por nada del mundo.

Tan solo los consejos de Jesús, de que debía volver a su mundo, y la promesa que le hizo de tomarse algo al día siguiente,( bueno, más tarde, porque el encuentro se había prolongado por más de 4 horas y ya se acercaban las tres de la madrugada,) le convencieron para marcharse.

El paseo de la mañana fue dulce, tierno, por las calles del centro de aquella ciudad norteña, como dos amigos, tan solo mirándose de vez en cuando con ardor a los ojos. Tomaron un refresco en una terraza, debatieron de “sus cosas” de ahora y de antaño, y aunque tristes por la separación, se agradecieron mutuamente aquellas horas compartidas.

Antes de tomar un taxi para regresar, Jesús todavía se las ingenió para bajar con ella a un parking subterráneo con el ascensor. Cuatro pisos de descenso, solos en aquella cabina. Cuatro pisos de subida. Muchos besos, muchos roces, pasión compartida, sensaciones que permitieron a ambos volver a sus vidas con el sabor y el aroma de cada uno metidos en su mente y en sus labios.


*Dedicado a Chinaski que me solicitó un relato.



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